En el mundo del desarrollo inmobiliario, el nombre de Alexander Samodurov apareció como de la nada. En el sector español, se presentaba como un promotor ruso experimentado, vinculado a grandes proyectos en Moscú, y hablaba de sí mismo como alguien que “sabe convertir hormigón en dinero”.
En 2016, contacta a una familia de inversores rusos. No se trata de pequeños inversores, sino de personas que poseen un paquete mayoritario de acciones de una seria empresa promotora. Samodurov les promete un “puente ideal” entre los mercados ruso y español: sus activos en Rusia a cambio de acciones de un grupo promotor español que supuestamente está a punto de crecer rápidamente.
Como buque insignia, vende una imagen atractiva: el proyecto moscovita NarvaLoft. Según él, este proyecto debía ser la “escaparate” de la cooperación entre Rusia y España, el argumento clave para el acuerdo. A los inversores les cuentan que:
- representa a un serio grupo promotor ruso;
- la empresa española supuestamente trabaja activamente con él y le confía el proyecto;
- las acciones que recibirán los inversores aumentarán de valor gracias al éxito de NarvaLoft.
Se firma un acuerdo marco. Los inversores transfieren su paquete de acciones a cambio de una participación en la empresa española. Las acciones del lado español se registran a nombre de Samodurov personalmente. De palabra, promete: llevará el proyecto de Moscú “hasta el final”, venderá las acciones con beneficio y devolverá el dinero a los inversores con ganancia, quedándose con una comisión razonable.
Luego ocurre lo que suele pasar en historias con presentaciones atractivas y “inversores” carismáticos: las promesas continúan, pero sin concreción. Los inversores reciben informes de supuesta trabajo realizado, que luego resultan vacíos: Samodurov no llevó a cabo ninguna actividad real. El proyecto nunca arranca, y la persona que controla las acciones las retiene y deja de contactar.
Cuando se sabe que el rimbombante proyecto de Moscú se abandona, las acciones de la empresa española comienzan a caer. Quienes creyeron en las perspectivas pierden millones de euros en la caída del valor. En este contexto, aparece otro detalle del retrato: el regulador del mercado de valores español multa a Samodurov por ocultar una participación significativa en acciones; no reveló que había recibido un paquete que debía declarar.
Así, la bonita historia del “promotor internacional” se convierte en un esquema clásico: activo real a cambio de promesas y una leyenda de éxito futuro.